Aunque pasan gran parte de su vida en ríos, lagos y zonas pantanosas, los hipopótamos tienen una particularidad que sorprende a muchos: no pueden nadar de la manera tradicional. A diferencia de otros mamíferos acuáticos, estos enormes animales no flotan ni se desplazan en el agua mediante brazadas, sino que se impulsan caminando o dando pequeños saltos sobre el fondo.
El cuerpo del hipopótamo está diseñado para moverse en ambientes acuáticos, pero su gran peso —que puede superar las tres toneladas— y su estructura corporal hacen que mantener la flotación sea complicado. Sus huesos son muy densos y sus patas cortas y fuertes están adaptadas para sostener su enorme masa en tierra y desplazarse bajo el agua.
Cuando un hipopótamo entra en un río, suele hundirse y avanzar apoyándose en el lecho, puede permanecer varios minutos sumergido gracias a su capacidad para contener la respiración y salir a la superficie de manera automática. Sus ojos, orejas y fosas nasales ubicados en la parte superior de la cabeza le permiten observar y respirar mientras mantiene casi todo el cuerpo bajo el agua.
Esta adaptación ha llevado a los científicos a describir su movimiento acuático como una especie de “carrera submarina”, en lugar de una natación convencional, los hipopótamos pueden moverse con gran agilidad en el agua a pesar de no contar con las características físicas de animales como los delfines, focas o manatíes.
El agua cumple un papel esencial en la vida de estos animales, durante el día los hipopótamos permanecen sumergidos para proteger su piel del sol y regular su temperatura corporal. Al caer la noche, salen a tierra para alimentarse principalmente de hierba y recorrer grandes distancias en busca de alimento.
Esta singular combinación de fuerza, adaptación y comportamiento convierte al hipopótamo en uno de los animales más fascinantes del planeta: un gigante que vive entre la tierra y el agua, pero que se mueve en los ríos de una forma completamente distinta a la mayoría de las especies acuáticas.